Vicky salva el día

Ángel, el nuevo responsable de llevar el nombre de Spider-man, estiraba sus brazos y doblaba los dedos para enredar su telaraña en los libreros de la casa de sus “litos” – así llama a sus bisabuelos- y vigilar que no hubiera criminales planeando el caos, si es que el caos se pudiera planear.

 Mientras tanto, Grecia Ameliè, la princesa guerrera, aconsejaba a Vicky, su hermana menor, que no se alejara de ella, pues los villanos andaban sueltos y eso era muy peligroso. Sin embargo, a Vicky poco le importó el consejo de su hermana, o tal vez no le puso atención, y decidió salir a caminar lenta y cautelosamente -ya que no es capaz de sostenerse mucho tiempo en pie- entre la ciudad de libreros que custodiaba Ángel.

 “Ya sé, tú eras el malo, ¿Sí? Y te pegaba, y te salía mucha capsu”, insistía Ángel, al estilo del Chavo del Ocho, a Tino, su tío, para que jugara con él. La desesperación de Tino era evidente, el respaldo del equipo de su cliente debía estar listo dentro de poco, pero el trepa muros no cedía. “Ándale, pues… ya me mataste. Ahora, ve y juega con alguien más”, cedió el tío. Ángel sonrió triunfalmente, había derrotado a un enemigo facilísimo, pues no había presentado resistencia alguna. “Tú eras el Guasón, y yo te perseguía ,y te pegaba, y te salía mucha capsu”, el niño intentaba convencerme de jugar con él. “No, Ángel, no puedo ser el Guasón, ese es enemigo de Batman… si quieres, soy Carnage”, dije y saqué la risa más extraña que pude, para interpretar mejor mi malvado y demente papel.

 Grecia estaba muy cerca del lugar en el que Spider-man solicitaba a un enemigo que peleara con él, algo que no hubiera hecho Peter Parker, seguramente. “¡Oh, eres un superhéroe!” dijo la princesa al arácnido, “¿Qué tal si me secuestraban y me rescataban luego?”, complementó. Sus ojos brillaban de ilusión, pues alguien que comprendía los juegos mejor que su hermanita estaba cerca. Su sonrisa se hacía grande, grande, capaz de convencer a cualquiera. Y así fue: nos convenció.

 Carnage, mientras reía, tomó entre sus brazos a la princesa ,quien, a pesar de decirse guerrera, no tenía forma alguna de defenderse, y se dejó llevar entre los brazos del monstruo del simbionte rojo. “¡Pero me tienes que secuestrar!”, gimió Grecia, “Creí que ya te había secuestrado”, quedé muy confundido por lo que me decía la niña. Un banco, del tamaño ideal para una chiquilla de cinco años, estaba muy cerca. “Mira, tráeme ese banco, me sientas ahí, y me amarras”, me dijo. La tomé como a un costal de papas y noté su risa cuando la subí a mi hombro. “Está muy arriba”, repetía mientras cerraba los ojos. Lleve a la niña al banquito, le pedí que se sentara, pusiera sus manos atrás y cruzara sus brazos; no tuve que decirlo dos veces, lo hizo al momento. “¿Ya jugamos?”, chillaba Ángel. “La mordaza, no se te olvide la mordaza”, dijo Grecia, para sorpresa de sus padres, que se mostraron muy contentos con la noticia de que su hija guardaría silencio unos minutos. Le puse la mordaza imaginaria, la acosté junto al banquito en el que estaba sentada, y se lo coloqué encima. No se movería en un rato.

 El lanza redes, impaciente, decidió pelear con su enemigo, aunque éste no estuviera listo. “Y que te llenaba de telarañas, así, y te salía capsu”, al niño no le habían enseñado otra línea, ni lo habían capacitado para llevar el uniforme del héroe de la Gran Manzana. La ansiedad de Ángel resultó ser un factor determinante para que no salvara a la princesa, pues a Vicky, la niña que apenas camina, no le pareció correcto que su hermana mayor estuviera bajo un banco – o amarrada, sobre las vías de un tren, según la imaginación de los niños – y decidió empujarlo para salvar a su hermana. “¿Qué hiciste?”, gritó Ángel, haciendo evidente su frustración por no ser él quien salvara a Grecia, “Me salvó, ¿Qué no viste?” dijo la princesa, mientras abrazaba a su hermanita y la besaba en la mejilla.

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